Arrodillado y con el rostro pegado a la rejilla del tercer confesionario de la capilla de Santa Agripina de Córdoba, el sargento Gómez titubeaba de vergüenza y arrepentimiento, contándole sus pecados al Padre Orestes Puyo Lindo, un curita de no más de 35 años, alto, delgado, rubicundo y con un rostro inmaculado y fino de potestad celestial.
-Padre, acúsome, padre…
-Tranquilo, hijo, respira profundo y cuéntame tus debilidades. ¿En qué has fallado?
El sargento Gómez dejó escurrir una lágrima gorda por su mejilla, confundido y atortolado por las barbaridades que no lo dejaban pegar el ojo tranquilo, en pleno ejercicio de su profesión de gendarme.
Las marrullas del uniformado tenían que ver con apetitos sexuales incontrolables con las bandidas que él capturaba en redadas noctámbulas de lenocinios y bares de mala muerte de Barranquilla: ‘tomaseras’, escopolamineras, fleteras, vendedoras de alucinógenos y mujerucas de la peor calaña, la mayoría de ellas a quienes presionaba para que les entregara sus prendas íntimas si no querían pasar la noche embutidas en la podredumbre fétida de calabozos infestados de malandros porquerizos y asesinos sin piedad.
-¿Por qué haces eso, hijo-, preguntaba el curita iluminado por esa misericordia que aún anida en la crisma de algunos sacerdotes íntegros y profesos, iniciados en las devociones y misterios de la santidad y en las temeridades del diablo.
-No sé, padre: es una aberración que me viene ocurriendo de un par de años para acá, una obsesión por oler y extasiarme con el olor íntimo de las rateras, de las pillas y rebuscadoras que abundan en esta ciudad, y más en estos días, cuando la temperatura se sube con los pregones y fanfarrias del carnaval.
-¿Tienes esposa?
-Sí, padre, y eso es lo que más me duele. Faltarle a ella que es una almita de Dios.
-¿En dónde tienes esas prendas?
-En un talego amarrado y escondido que guardo con celo en un armario viejo del desván. ¿Qué debo hacer, padrecito?
-Saca esa porquería de allá, llévala a un lugar desierto, a la orilla de un caño, riégale gasolina y préndele candela. Después vete a tu casa y báñate con agua de ruda; reza doce Padrenuestros, siete Avemarías y siete Glorias, y pídele al Santísimo que no te deje caer otra vez en tentación. Y no lo vuelvas a hacer, hijo. No es un pecado mortal pero así empieza a pretender sus almas el demonio.
El sargento Gómez salió de esa confesión con sus ojos de gato asustado encharcados de lágrimas, con un aliento optimista de redención, dispuesto a meterle candela esa misma tarde al traperío acumulado de calzones y brasieres de talla mayor que olía y refregaba en sus genitales, en el baño de su casa, aprovechando la ausencia de sus hijos y su mujer.
“Qué extraño”, se quedó pensando el Padre Orestes Puyo Lindo: “lo que se ve en este desventurado mundo”.
Seguido a las confesiones ridículas del sargento Gómez, se arrodilló en el locutorio una ancianita tan encorvada que parecía que fuera a besar sus enclenques rodillas, que no duró más de tres minutos en sus revelaciones de consciencia, y que salió airosa santiguándose una y cien veces hasta que abandonó la última nave del templo.
La última penitente de turno era una mujer bellísima: alta, de hechuras grecorromanas y nariz respingada de Cleopatra, y unos ojos dulces y primorosos que no delataban falta alguna, menos pecados innombrables.
-¿Padre…?-, saludó la mujer con un susurro en mi bemol.
-Hija, estoy atento: confiesa tus remordimientos.
-Padre (y rompió en llanto). He pecado gravemente contra mí, he ensuciado mi cuerpo y lo he ofendido a usted y a su santa iglesia.
Puyo Lindo se estremeció y arrimó sin asco su mejilla de querubín a la rejilla para lograr un contacto más cercano con la dama.
-No te entiendo, hija. ¿De qué se trata?
-Es que es algo abominable, imperdonable, padrecito. Tenga usted piedad de mí.
-Tranquilízate: el Señor está para escucharte, para limpiar tus errores y faltas; para redimir tus actos impuros.
-Eso es precisamente lo que arde en el fondo de mi alma, Padre: un acto impuro, inconcebible, y es con usted, con su reverencia; yo lo amo a usted, Padre; yo no tengo más ojos que para admirarlo y desearlo cada vez que asisto a sus misas, cuando pronuncia sus letanías en el púlpito. Desde que usted llegó a este capilla, no me pierdo ninguna de sus liturgias. ¿Me comprende?
Hubo un silencio largo. Un avechucho tropical cruzó con vuelo brusco la nave de las Benditas Ánimas. El Padre Orestes observó que un calor impresionante le subía lentamente desde los pies hasta apoderarse de su cuerpo. Sintió el fuego invadir su rostro. Apretó los labios con fuerza, hasta sangrar, y se llevó la mano derecha al pecho. Fue en ese instante cuando no pudo evitar un llanto inconsolable.
-Padre, ¿me escucha?-, replicó la mujer.
-Sí, hija, ya te atiendo-, pronunció con voz entrecortada.
Orestes, recién ordenado y bendecido en Roma, entendió que estos atafagos endemoniados de sus feligreses eran producto del exceso del ron y el libertinaje de los ágapes que anunciaban la gran orgía carnestoléndica. Anoche no más se había prendido por las calles de La Arenosa la tradicional Guacherna, dejando a su paso racimos de borrachos amanecidos y mujeres acosadas por el látigo lacerante de la concupiscencia.
El Padrecito, aún sin palabras, salió disparado de su cubículo de confesiones. Alcanzó la calle a pasos largos y giró a la derecha por el camellón que conduce al Paseo Bolívar. Extenuado por la fiebre luciferina provocada por aquella mujer que le había hecho brincar la carne de lujuria, se sentó en una de las bancas del parque, aflojó el cleriman de la sotana, tomó aire y dirigió una mirada de clamor al cielo.
En la capilla de Santa Agripina de Córdoba, la hermosa doncella, desconcertada por el abandono de su confesor, encendía veladoras como por encargo al Crucificado Doloroso, al tiempo que musitaba el Salmo 51 que limpia las perversiones y el adulterio del mundo.











Comentarios
Aún no hay comentarios.